¿Embarazo inesperado? Ayuda gratuita y confidencial

919 545 417

Actualidad

Reflexiones

Pensamientos y reflexiones sobre el valor de la vida humana.

Esta guerra la vamos a ganar

Es cuestión de tiempo… porque el tiempo corre a nuestro favor… porque tenemos TODO el tiempo para ganar. Porque la Vida sigue más allá del tiempo. Eso no lo saben los pobres abortistas, porque muchos no tienen más que el bachiller y además no quieren saber nada… bueno. Su victoria aparente tiene los días contados, porque la Vida tiene la última palabra… y ¡pobre del que se alíe con la muerte!

Parece que van ganando, pero son sólo batallas. Parece que ganan pero en realidad pierden… su propia vida.

Lo que no saben los abortistas es que esta guerra la libramos también por ellos (a pesar de que no nos guste nada guerrear, pues somos gente de paz). Luchamos por ellos porque la muerte que eligen es la que se encontrarán un día, más allá del tiempo… una muerte sin fin… sin tiempo. «Lo que siembras, eso cosecharás», es la Ley de la Justicia… que nadie puede cambiar, porque no está sujeta al tiempo.

En su borrachera de poder, los abortistas piensan: «yo controlo». Y no saben que no controlan nada… más que su propio destino. En su ignorancia no saben que ya muchos, antes, intentaron cambiar las leyes de la Vida, y no lo consiguieron: Babel, Sodoma, Roma, Napoleón, Marx… todos han fracasado… y ellos fracasarán también. Es cuestión de tiempo… y el tiempo es corto. La Vida gana siempre… y es Justicia y Verdad, y Belleza y Bondad.

El vértigo de la muerte

La muerte produce vértigo. Y el vértigo consiste en la atracción hacia el abismo. «Morbo» le llaman ahora. Es una especie de adicción a la destructividad, propia y ajena. El vértigo o el éxtasis: esa es la cuestión.

Lo esencial es invisible a los ojos

«Lo esencial es invisible a los ojos» decía el Principito. Lo esencial es la Vida, que crece silenciosa y oculta en el vientre de las madres. Esa vida sí que es invisible a los ojos… y sólo es «visible» a los ojos del corazón. Lo malo es que muchas mujeres, hoy en día, han matado su corazón… para vivir en un mundo sin corazón. Pero es porque han elegido instalarse en el estómago y las zonas bajas del cuerpo del mundo y han abandonado el corazón de la humanidad… su propio corazón. El corazón siempre existe: está en el amor con que unos ayudamos a otros… y nos dejamos ayudar.

Los niños invisibles

«En el más remoto confín de la China vive un Mandarín inmensamente rico, al que nunca hemos visto y del cual ni siquiera hemos oído hablar. Si pudiéramos heredar su fortuna, y para hacerle morir bastara con apretar un botón sin que nadie lo supiese… ¿quién de nosotros no apretaría ese botón?» — J. J. Rousseau

Me ha venido este texto a la memoria, porque quiero escribir sobre el aborto. Me cuesta hablar —y hasta pensar— sobre tan triste asunto. No soy tan presuntuoso como para suponer que tengo algo nuevo que decir. Pero no debería haber un solo cristiano, ni un solo hombre o mujer de buena voluntad (escritor, periodista, maestro o pregonero de cualquier especie) que no gritara al menos una vez en la vida contra la salvajada vergonzosa del aborto provocado, que es la mayor amenaza que sufre nuestra civilización.

Mi problema es que no entiendo lo que está pasando. Como sacerdote debo escuchar, comprender y perdonar todas las atrocidades y miserias de los demás con la esperanza de que Dios perdone las mías: también los crímenes y asesinatos más viles… Pero me desconcierta que nuestra bienoliente sociedad siga legitimando tanta barbarie. ¿Son humanos los cerebros de esos matarifes que van de médicos para triturar niños antes de que nazcan? ¿Qué hay en las seseras de los políticos y de los sedicentes intelectuales que aprueban estas conductas?

Ya nadie en su sano juicio y con un mínimo conocimiento de la biología, se atreve a negar que en el seno de una mujer embarazada hay un ser humano vivo. De ahí que los abortistas necesiten emboscarse en una selva grotesca de eufemismos y de amaneramientos sintácticos para defender sus prácticas asesinas. Es una cursilería macabra eso de la interrupción voluntaria del embarazo o, como oí por la radio hace un mes, la suspensión quirúrgica de la gestación en fase embrionaria. Ni así cuela. Pero el monstruo sigue alimentándose de millones de víctimas inocentes.

Quizá la respuesta sea la que da el Dr. Nathanson: «En realidad los médicos sabíamos muy poco sobre el feto y nunca lo habíamos visto excepto como carne picada y desmembrada…» Y, al narrar el aborto de su propio hijo, que él practicó con sus manos, expresa la misma idea: todo fue frío y aséptico. El niño nunca fue visto como niño, sino como tejido fetal triturado por la más gélida tecnología.

Sí, es eso. Se trata de niños nunca vistos, de Mandarines lejanos como los de Rousseau, de seres invisibles a los que nadie, ni sus propios padres ni los que les dan muerte, han mirado a los ojos. Si lo hicieran, no podrían continuar la matanza.

Provocar un aborto es matar apretando un botón, a ciegas; ejecutar a un intruso con una firma. No hay olor a sangre, ni ataúdes, ni cementerios. Degollar en un acto quirúrgico, con música de Mozart, anestesiados el cuerpo y la conciencia, entre vuelos silenciosos de batas verdes. Las víctimas son etéreas, niños virtuales exterminados sin saña, igual que se elimina un archivo de ordenador. No hay verdugos. ¿Cómo llamar asesino a ese doctor de mejillas sonrosadas y ademanes bondadosos?

Los niños invisibles, en realidad, no existen. Son seres sin rostro, sin gestos, sin parecido con nadie. Don Quijote, Hamlet o Mafalda poseen mucha más realidad. El niño invisible no tiene nombre de niño: lo llaman feto, que es nombre de cosa, de apenas nada.

Hay asesinos que nunca olvidan la última mirada aterrorizada de sus víctimas. Esas miradas permanecen fijas en el cerebro del criminal como un cuchillo, que, en ocasiones, les lleva a la desesperación, al arrepentimiento o al suicidio. Pero los niños invisibles no lloran, ni suplican, ni han aprendido a mirar. Son sólo carne de carnicería, deshecho de quirófano, tejido reciclable. Sus honorables homicidas pueden acallar la conciencia con un güisqui a media tarde.

Los niños invisibles, algunas veces tienen los ojos negros como el azabache, azules como el mar, o verdes como la esperanza. Pero hay que evitar que lo sepan sus madres. ¡Ah, si lo supieran!: aún sería posible la salvación. Sólo Dios los mira. Cuando los niños invisibles abren los ojos ven los ojos de Dios empañados de lágrimas.

— Enrique Monasterio

Un lenguaje correcto sobre embarazo y aborto

P. Frank Pavone, Director Nacional, Sacerdotes por la Vida (Priests for Life)

Cuando una mujer está embarazada, con frecuencia se dice que «está esperando un hijo» o «va a tener un hijo», o «va a ser mamá». Todos usamos estas expresiones por mera costumbre, y esto no afecta para nada la fuerza de nuestras convicciones pro-vida. Sin embargo, yo sugiero que dejemos de utilizar estas frases, pues no expresan la realidad en forma veraz.

Una mujer embarazada no está «esperando» un hijo. Ya lo tiene. El niño existe, vive y crece en su vientre. Ella no está por «traerlo al mundo». Ya está en el mundo. El vientre de la madre está en el mundo tanto como la madre misma.

La mujer embarazada no «será» madre. Ya lo es. Al decir que ella «será» madre, inadvertidamente estamos reforzando la idea de que la maternidad empieza con el nacimiento. Esto refuerza la idea de que el niño en realidad lo es sólo a partir del nacimiento.

Una mujer embarazada es una madre completa. No tiene «medio» hijo o un hijo «en camino» («En camino» ¿de dónde?). El niño ya está aquí, en este mundo, en toda su singularidad y en posesión de la misma dignidad que cualquier otra persona.

Si nuestro lenguaje refleja esta realidad, contribuiremos a la comprensión de que los niños en el vientre de su madre son ya miembros de la familia humana. ¡Ahora y aquí!