Derecho y datos
Los derechos del padre
El padre también tiene derechos sobre su hijo en gestación.
Los derechos provienen de la Naturaleza, y está en la naturaleza del hombre proveer a su mujer y proteger a su prole. Como está en la Naturaleza de la mujer nutrir y dar vida, no muerte. Por ello, es un derecho del hombre poder proteger a sus hijos, y es, a la vez, un gran apoyo para la mujer no verse sola a la hora de decidir sobre la vida o la muerte de su hijo. Curiosa sociedad, la que prohíbe la pena de muerte para los mayores criminales y se la aplica a los niños inocentes e indefensos… una sociedad que libra a jueces experimentados de tener que decidir la suerte de otro ser humano y aboca a niñas a hacerlo… ¡¡solas!! Pues miles y miles de abortos son sentenciados por niñas menores de 18 años (unos 14.000 el año 2006). Exigimos que la mujer jamás se tenga que ver sola ante la decisión más trágica de su vida… ¡ni que la tenga que tomar jamás!
La responsabilidad compartida
En cualquier caso, un hijo es «cosa» de dos, y los dos tienen la responsabilidad de su vida. Por tanto proponemos que la custodia del niño en gestación sea compartida por ambos progenitores y reclamamos para los hombres su derecho a la paternidad y a compartir la responsabilidad en el futuro de sus hijos. Los hijos no son propiedad de nadie ni pertenecen al cuerpo de la mujer. Son seres distintos pero con iguales derechos, que deben ser protegidos por sus progenitores y por toda la sociedad. Y los hombres tienen, desde luego, el derecho a protegerles. Por ello debe ser necesaria la conformidad expresa del padre para practicar cualquier aborto.
«Nosotros abortamos»
El aborto normalmente se presenta como un tema de mujeres: su cuerpo, su elección, su liberación o su arrepentimiento. Pero un nuevo movimiento —a la vez político y profundamente personal— argumenta que el pronombre es completamente incorrecto. «Nosotros abortamos», dice Mark B. Morrow, un asesor cristiano. «Yo he abortado».
Jason Baier habla a menudo del niño que llama Jamie. Imagina a este niño —su hijo— con pelo rubio y ojos verdes, mejillas regordetas y una sonrisa feliz. Pero nunca lo sabrá seguro. La hermana de su novia le contó lo del aborto cuando ya era tarde. Baier recuerda que lloró. Las semanas y meses siguientes todo se volvió negro. Sabe que bebió mucho más de la cuenta. Él y su novia discutieron hasta que lo dejaron. «Odiaba el mundo», dice.
Baier, de 36 años, todavía echa de menos al niño que podría haber tenido, con una intensidad que le sorprende: «¿Cómo puedo echar de menos a alguien que nunca tuve en mis brazos?» Ahora canaliza su sufrimiento hacia el activismo en un pujante movimiento de «hombres post-aborto».
La discriminación contra el varón
Si una mujer quiere interrumpir el embarazo, el hombre no puede impedirlo y la mujer decide sobre el futuro del niño y del padre. El niño muere y el padre deja de serlo aún queriendo serlo. ¿Por qué no se le obliga a la gestante a terminar el embarazo y dejar que el padre se encargue del niño ya que ella no lo quiere? ¿Por qué la mujer puede deshacerse de la «carga» cuando quiera sin que el hombre tenga siquiera conocimiento de ello?
Si un hombre golpea, aún accidentalmente, a una mujer embarazada se enfrentará a responsabilidad penal y civil por daños a la madre y al niño. Pues no se le trata como feto o embrión o proyecto o grupo de células sino como persona porque la madre, y nadie más, así lo ha decidido. Además al hombre se le pondrán todos los agravantes y el desprecio más absoluto de la sociedad. Si una madre decide deshacerse del feto o embrión o proyecto o grupo de células no sólo no pasa nada sino que el Estado le facilita la labor. Pues como feto o embrión o proyecto o grupo de células y no como persona se le trata porque la madre, y nadie más, así lo ha decidido. El padre no sólo no puede decidir (en muchas ocasiones ni se entera) sino que además se enfrentará a un proceso penal si intenta impedir el aborto.

